Decir las cosas como son y empezar la tarea desde abajo

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Digamos las cosas como son, estamos apegados a premoniciones de fenómenos sobre los cuales nuestro margen de incidencia es muy relativo. Tal vez, los consumimos como un ansiolítico, frente a una realidad difícil.

En algunos países -el nuestro está entre ellos- hay un cierto gusto en anticipar catástrofes. Es una medicina con efectos secundarios, erosiona las expectativas. Es extraño que la conversación pública, en lugar de orientarse a evitar los males que se presagian, se concentre en verificar quien ha acertado en precisar los daños. Parecería que los “anticipadores de cataclismos” obtienen algún tipo de compensación.

Este entretenimiento esconde la verdadera situación dramática. No hay quien se anime a decir que nadie tiene la llave de salida, porque o bien no existe un mecanismo lineal, o bien la clave es combinada; y por tanto requiere que muchos hagan cada uno su parte, siendo que las partes no confían entre sí, o no existen las reglas que los impulse a cooperar (y no me refiero únicamente a las instituciones políticas). La desconfianza corroe la vida social. No tengo del todo claro como recuperarnos de dicha patología y mejorar el marco de las relaciones sociales. Sin confianza no hay acuerdos, no hay crédito, no puede haber objetivos ambiciosos.

Nota completa de Fabio Quetglas en La Nación

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