Formosa, el fin del miedo

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En “el costado Norte de la Patria” ubica el Himno “Marcha a Formosa” a nuestra provincia. Allí en el límite con Paraguay, encerrada entre los ríos Paraguay, Bermejo y un Pilcomayo que se niega a ser río y se terminó derramado y convertido en humedal: el bañado La Estrella.

Una provincia “tardía”, que era territorio aborigen durante las guerras de la independencia y la conformación de la Nación Argentina, su creación fue consecuencia de una decisión política del naciente Estado Nacional. La ciudad de Formosa fue fundada para ocupar los espacios en disputa con Paraguay, y sus ancestrales ocupantes, los pueblos originarios, fueron solo advertidos como un problema a resolver al modo de la época: a sangre, fuego, esclavitud y exterminio.

Durante años fuimos ignorados por la gran capital, confundidos por la sociedad (“ah sí, Formosa, Posadas”). Con un clima extremo y lejos de los grandes centros económicos y políticos del país, ello no impidió que prosperara y creciera, consecuencia de una comunidad laboriosa, la influencia cultural de la cercana Asunción, sumado al espíritu emprendedor de sus colonos y las corrientes de migración interna que trajeron trabajadores de la región, con el sueño de mejorar su fortuna.

Una comarca modesta, pero pujante, orgullosa de la cultura del trabajo, de los valores de la solidaridad y la tolerancia, que en el año 1957 dio a luz un Constitución provincial que reivindicaba los valores de la democracia social y la república.

A mediados del siglo XX Formosa era la promesa de esa Argentina que se seguía construyendo, que crecía y extendía su territorio y su riqueza Con sus contradicciones y sus deudas impagas, pero avanzando hacia un futuro que les prometía a sus hijos un “futuro de esperanza en el trabajo.”

Hoy Formosa es tierra arrasada. Es la tierra sometida a una autocracia, una oligarquía ejercida por un club de gerontes multimillonarios.

Gildo Insfrán fue diputado desde 1983 a 1987. Vicegobernador desde 1987 a 1995. Desde 1995 gobernador: lleva en el Poder Ejecutivo 27 años, 35 si sumamos su función como vicegobernador y 39 de funcionario público, 44 si sumamos sus cinco años como veterinario del Ministerio de Asuntos Agropecuarios y Recursos Naturales durante la dictadura.

Gildo Insfrán es un hijo del Estado Formoseño y todo lo que tiene, imposible saber si es mucho o poco, se lo debe al Estado. Pero no está solo. Es el vértice de un régimen “falaz y descreído”. Su gobierno se sintetiza con dos términos que Platón en La República señaló como desviaciones de la democracia: la autocracia y la gerontocracia patriarcal. Esta última no hace referencia a la edad cronológica sino a la composición de una oligarquía (un gobierno autoritario de pocos y para pocos) ejercida brutalmente por patriarcas de avanzada edad que controlan el poder económico social.

Insfrán es la punta del iceberg de un sistema que se encuentra en franca decadencia, cuyos representantes están desgastados por el ejercicio de un poder sin límites. Producto de esta permanencia incomparable en el poder, ha instaurado un sistema de control social y político que alcanza a la totalidad de los actores comunitarios. Casi no existen instituciones que hayan podido resistirse a integrar el “modelo formoseño”, el cual exige obediencia absoluta y el culto a la personalidad del líder. Estos datos confirman la conclusión de Platón: la oligarquía, para funcionar como tal, requiere que la cara visible del entramado patológico se comporte como un déspota y un monarca que exige sacrificios del pueblo, remarcando a cada paso que da, que posee la suma del poder público. Incompatible con los valores del sistema democrático.

Sindicatos, centros de jubilados, clubes deportivos, asociaciones profesionales, todo está copado por un “modelo” que utiliza de manera alternativa la “billetera” y el “látigo”: beneficios económicos para las instituciones y sus líderes, y castigo para quienes se resisten.

El Estado provincial y los estados municipales son formidables maquinarias de dar empleo público, precario y mal pago, que concede apenas lo necesario para la subsistencia. Pero ante la destrucción total del aparato productivo (más de 100 mil hectáreas de algodón hace unas décadas, a menos de 4 mil actualmente) el miserable sueldo municipal, cuando no de una “cooperativa” contratada en condiciones aun peores, es la diferencia entre comer y no comer. Y quien alguna vez sintió el vacío en el estómago, sabe que esa diferencia no es menor.

Los empresarios de riesgo son una minoría que permanece silenciosa ante el temor de los aprietes del Estado.

En Formosa no hay Poder Judicial en sentido constitucional y un conflicto con el Estado llevará a un solo resultado posible: el ciudadano perderá si litiga contra el poder. Mejor jugar callado y pasar desapercibido. Un “empresariado” prebendario y venal, socio de los funcionarios, son los “nuevos ricos” que ostentan sus fortunas de dudoso origen, sin sospechar que –quizás– algún día deban explicarlas.

La oposición política ha sobrevivido malamente en un contexto tan hostil. De resultados electorales muy parejos con el oficialismo hace algunos años, la entronización del “modelo” produjo la migración de numerosos dirigentes opositores al oficialismo. Un expresidente de la UCR, que fue diputado nacional, terminó como intendente del PJ. Y hay varios ejemplos. Milagros del “modelo”, convierten opositores en oficialistas, a cambio de cargos o prebendas.

Los que sobrevivieron en la oposición, parecen cómodos en tal rol, y sin aspiraciones de gobernar, complicados en internas partidarias tan bizarras como superficiales, hasta hace poco no lograban mostrarse como una alternativa real de poder, habiéndose limitado a mordisquear, sin mucha convicción ni dedicación, los talones del líder.

Sin embargo, el tiempo es inexorable. Los patriarcas que gobiernan Formosa, cansados, desgastados, descubren tardíamente que el poder y el dinero no pueden comprar ni salud ni inmortalidad. Saben que su tiempo se ha terminado. En la pandemia adoptaron medidas absolutamente irracionales que no se aplicaron casi en ningún lugar, excepto en China, violando los derechos humanos. Dijeron defender la vida de los formoseños, pero solo les preocupaba sus propias vidas. Por eso sacrificaron, sin pudor y sin piedad, los derechos de los otros. Para un líder mesiánico, ¿qué puede ser más importante que su propia vida? ¿Cómo no aceptaría el pueblo sacrificarse para salvar al líder?

Además, durante la pandemia, se olvidaron de gobernar. Las escuelas vacías durante dos años, mostraron los daños causados al regresar la presencialidad. Por una resolución ministerial se estableció que los niños aprenden por decreto. Una locura tras de otra.

Las escuelas vacías, las desmotadoras de algodón cerradas, las chacras arrasadas por el abandono, las escasas industrias de otros tiempos convertidas en modestos hipermercados, hospitales esplendorosos donde cada vez menos médicos quieren atender. En 2021, una sociedad cansada, empobrecida, maltratada y sufriente les puso un límite. No alcanzó para derrotarlos en las urnas. La poderosa máquina electoral, la trampa de la Ley de Lemas y el miedo como principal herramienta electoral, aplicado por un sistema de opresión implacable, mostró su fortaleza.

Pero el 42 por ciento de los votos obtenidos por la oposición y la derrota del oficialismo en la ciudad capital mostró que los gerontes multimillonarios tienen los pies de barro. Los jóvenes y las mujeres salieron a las calles, algunos hombres también. Ante tanto dolor causado solo quedaba la rebeldía.

¿Tendrá la sociedad formoseña la capacidad de superar el miedo y convertirlo en rebeldía militante frente la opresión? ¿tendremos los líderes opositores la capacidad de poner el interés general por sobre las mezquindades sectoriales? De mi parte estoy dispuesto a asumir los compromisos y hacer los renunciamientos necesarios. Veremos que sucede con el resto de los actores políticos. Y veremos también si la sociedad formoseña encuentra en su historia y en la lucha de sus ancestros las energías necesarias para superar el justificado miedo a la opresión y – de pie en su dignidad – cambiar la historia.

En este bendito país plagado de incertidumbres, es difícil pronosticar que sucederá al próximo año. Tengo sin embargo la certeza que, en estas lejanas tierras, el miedo está cambiando de lugar y de destino. El fin de ciclo se percibe en las calles y en el aire. El cambio ya comenzó. Ahora quienes tienen miedo son ellos.

Nota de opinión de Fernando Carbajal en Lanación.com

https://www.lanacion.com.ar/opinion/formosa-el-fin-del-miedo-nid19052022/

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