El Congreso, en modo virtual: un balance positivo

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Se cumple un año del inicio de las sesiones telemáticas, un año que la virtualidad llegó a la Cámara de Diputados. Su implementación se llevó adelante con el esfuerzo de los trabajadores de la cámara, que en poco tiempo armaron un sistema seguro que tuvo que sobrellevar la premura impuesta por un evento extraordinario como la pandemia de Covid-19, roces políticos y el consecuente aprendizaje de los miembros de un espacio con casi un siglo y medio de historia funcionando cara a cara, rosca a rosca.

Nuevos tiempos traen nuevas formas, creo en la importancia de retirar el velo sobre el trabajo legislativo y hacerlo lo más abierto y transparente posible. Sobre todo de lo hecho en estos últimos tiempos de trabajo remoto y cambio de culturas.

La primera característica a destacar es la posibilidad de trabajar a distancia. El teletrabajo impuesto, en combinación con la configuración telemática de las sesiones, llevó no solo las sesiones a la virtualidad, sino que hizo lo propio con el resto del trabajo legislativo. Los pasillos y espacios comunes dentro y fuera del Congreso se despoblaron de diputados y los whatsapp pasaron a superpoblarse más que nunca.

Si bien las sesiones llegaron a la veintena entre ordinarias y extraordinarias, un número destacado considerando el parate hasta el establecimiento del protocolo, y que más de 65 leyes fueron sancionadas, todas alcanzaron destino de ley en sesiones especiales, solicitadas por el oficialismo para proyectos enviados por el poder ejecutivo.

Las circunstancias nos llevan a legislar al ritmo de los acuerdos que impone la coyuntura; y no todo puede ser coyuntura. La ausencia de sesiones de tablas, la última fue en abril de 2019, se convierte en una traba para que más proyectos aprobados en comisión y surgidos de todos los partidos lleguen al recinto.

La virtualidad, la imposibilidad de trabajar en forma apropiada en comisión, es un escollo para el mediano y largo plazo si se busca diálogo y acuerdos, indispensables para la estabilidad. Bajo pretexto de transmitir todas las reuniones por el canal de la cámara, y la capacidad limitada del sistema para asignar espacios, se creó así un nuevo filtro para aquellas reuniones solicitadas por la oposición, a la que no se le abrieron alternativas.

Con 46 comisiones, sin contar las especiales o bicamerales, fueron muchas las que no se reunieron en todo el año o que lo hicieron apenas un puñado de veces. Muchas de estas reuniones fueron solo de carácter informativo, con presencia de ministros, funcionarios y la sociedad civil.

Su presencia es de destacar y es positiva, pero es solo uno de los roles que deben cumplir las comisiones. Debemos trabajar en un esquema que reduzca el número de comisiones, fusionando algunas, para que sea posible un trabajo más profundo y a la vez integral de los temas. Pensando en un esquema virtual y presencial, se podrían llevar adelante en las dos modalidades a futuro.

Por otro lado, quiero destacar los acuerdos alcanzados para sesionar. Más allá del fuego cruzado y diferencias circunstanciales, el protocolo demostró la robustez del reglamento de la cámara. No resultó necesaria su modificación para avanzar con el trabajo legislativo.

Transcurrida esta experiencia, sí puede ser tiempo de plasmar en el texto herramientas para dinamizar los tiempos de las sesiones y reforzar lo ya mencionado de las sesiones de tablas. Muchas de las demandas de los ciudadanos y la sociedad civil naufragan en el limbo entre la comisión y el recinto, otro aspecto a revisar.

Este año que pasó ha sido uno muy duro para el país, entre la crisis económica y la sanitaria, y hacer foco en el trabajo legislativo puede parecer una distracción. Sin embargo, como vemos a diario, el poder legislativo no puede funcionar solo de manera reactiva al Ejecutivo, o limitarse a un rol de contralor. El congreso debe ser el espacio donde se discuta el proyecto de país que queremos hacia adelante y el aprendizaje del último año debe darnos pautas para dinamizarlo.

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